Bailar también es resistir

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En más de 127 instituciones educativas de diversas regiones del país, el proyecto Danza y Movimiento por la Paz —impulsado por el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes y ejecutado por la Universidad Pedagógica Nacional— transforma la vida escolar en una experiencia de cuerpo, arte, convivencia y esperanza. Las aulas se convierten en escenarios donde el movimiento cobra sentido, y la danza emerge como un lenguaje que conecta, sana y fortalece el tejido social.

En territorios rurales, urbanos y periurbanos, en contextos atravesados por la desigualdad, el conflicto o el olvido institucional, niñas, niños y adolescentes descubren en el arte una forma de resistencia. En el encuentro con la danza, aprenden a expresarse, a narrar sus historias y a habitar sus cuerpos con dignidad. La riqueza que emerge en estos espacios no se mide en recursos materiales, sino en miradas curiosas, en pasos compartidos y en la posibilidad de imaginar mundos nuevos.

El proyecto se despliega en comunidades educativas donde el tiempo libre, muchas veces, representa una vulnerabilidad. Allí, la danza se convierte en una herramienta concreta para cuidar el cuerpo, cultivar el alma y tejer vínculos solidarios. Para directivos, docentes y familias, esta experiencia va más allá de lo cultural: se convierte en una apuesta por la prevención, la pedagogía del cuidado y el fortalecimiento de la convivencia.

En algunos contextos, el proceso inicia con timidez, en espacios donde la reserva emocional y corporal es parte del entorno. Poco a poco, con confianza, música y presencia afectiva, los cuerpos se animan a moverse, a jugar, a crear. En otras regiones, donde el ritmo hace parte de la vida cotidiana, la danza fluye con naturalidad. Sin embargo, el proyecto no se limita a lo espontáneo; propone un enfoque pedagógico que canaliza el talento en torno al respeto, al trabajo en equipo y a la creación colectiva. En todos los escenarios, el movimiento se convierte en narrativa: niños y niñas que, a través del arte, cuentan su territorio, expresan sus emociones y se sienten vistos.

Allí donde el conflicto ha dejado huella, el cuerpo ha sido uno de los primeros territorios vulnerados. En esos lugares, la danza se transforma en un acto de reparación simbólica. El cuerpo recupera su lugar como espacio de memoria, expresión y cuidado. A través del movimiento, se habilita un lenguaje no violento, sensible y profundamente humano para resignificar experiencias, conectar generaciones y construir paz.

Cada muestra pedagógica, cada coreografía en los patios de las escuelas o en los espacios comunitarios, se convierte en un acto revelador. Más allá del espectáculo, lo que conmueve es el proceso: la participación activa, las miradas cómplices, las preguntas sinceras que niños y niñas se atreven a hacer: “¿Van a volver?”. Danza y Movimiento por la Paz deja una huella profunda, no por lo grandioso, sino por lo genuino. Porque donde el arte llega con respeto, la transformación es posible.

A través de este programa se ha aprendido que un niño o una niña que aprende a moverse con libertad es menos, que se descubre creador se fortalece frente al miedo y amplía su mundo. Que resistir, en un país herido, también puede ser esto: un grupo de niñas y niños bailando sobre una cancha, mientras cae el sol, y nadie los detiene.