A las 6:45 de la mañana, cuando la ciudad apenas comienza a desperezarse, las puertas del Instituto Pedagógico Nacional se abren para recibir a sus 1.562 estudiantes. Poco a poco el campus se llena de pasos apresurados, saludos entre amigos y risas que anuncian el inicio de una nueva jornada. Entre juegos, mochilas al hombro y conversaciones que parecen no terminar nunca, niñas, niños y jóvenes ingresan al colegio para encontrarse con algo más que clases: un universo cotidiano de aprendizajes, vínculos y crecimiento constante.
Las aulas, los pasillos y los patios del IPN se convierten cada día en testigos silenciosos de cientos de historias. En cada salón se cruzan preguntas, debates, tareas, descubrimientos y también dificultades que, al resolverse colectivamente, fortalecen los lazos de una comunidad educativa única. Allí se aprende matemáticas, lenguas o ciencias, pero también a convivir, a escuchar al otro y a construir conocimiento de manera conjunta.
Tal vez por eso, cuando se les pregunta a estudiantes, docentes y funcionarios cómo describirían un día en el IPN, las palabras que aparecen dibujan un paisaje vibrante: diversión, diferencia, comunidad, movimiento, cuidado, intensidad, dinamismo, familia o incluso maratón. Todas ellas revelan algo de la esencia de este lugar donde cada jornada parece contener muchas más horas de las que marca el reloj.
Detrás de la vida cotidiana del colegio hay también una compleja red de actividades que sostiene su funcionamiento. Reuniones de atención a familias, consejos académicos, comités, salidas pedagógicas, descansos llenos de energía y juntas por áreas hacen parte de una rutina semanal que puede resultar agotadora, pero que también deja la satisfacción del deber cumplido. Gracias a ese esfuerzo colectivo es posible ofrecer una educación de excelencia, orientada a formar sujetos críticos, autónomos, ético-políticos, diversos y con sentido social, capaces de comprender y transformar la realidad y de aportar a la construcción de una comunidad en paz.
Desde la dirección, cada jornada es distinta. Marcela González Terreros, directora de la institución, explica que su labor implica estar atenta a todo lo que sucede en el colegio. “Desde la dirección soy responsable de hacerle seguimiento a todo: desde la queja de una familia porque se perdió una lonchera en el descanso, hasta un proceso disciplinario de un funcionario. El día de la dirección no se termina a las tres de la tarde”, cuenta, dejando ver que la vida del colegio continúa incluso cuando las clases han terminado.
En la secretaría, Martha Lucía Olano Sánchez —quien ha dedicado su trabajo al colegio desde 1996— sostiene otra parte fundamental de esa cotidianidad. Su jornada transcurre entre documentos, registros y procesos administrativos: generación de la documentación de niñas y niños, legalización de matrículas, verificación de estados de matrícula, elaboración de actas, certificaciones, diplomas y constancias. Todo ello, dice, con el compromiso de dar lo mejor de sí para realizar su labor con excelencia.
Para los docentes, el día tampoco se detiene. Gerónimo Salgado, profesor de alemán, resume su rutina con una sonrisa: siempre hay mucho que hacer y nunca está quieto. Sus horas se reparten entre dictar clases, planear, evaluar y comunicarse con los padres de familia. En ese ritmo constante, afirma, se encuentra “la magia” de su trabajo: ver cómo cada estudiante avanza y construye su propio camino de aprendizaje.
Mientras tanto, para los estudiantes el colegio tiene otro ritmo, hecho de encuentros, amistades y descubrimientos. Samuel Arboleda, personero y alumno de grado once, asegura que lo que más disfruta del IPN es su gran campus y, sobre todo, la gente. Compartir con compañeros de orígenes, gustos y pensamientos diversos es su mayor motivación para venir a estudiar. Esa diversidad, dice, le permite aprender y disfrutar el colegio de una manera particular.
La experiencia del colegio también se vive desde los primeros años. Felipe Pérez, estudiante de jardín, lo cuenta con la sencillez y el entusiasmo de sus cuatro años: “Yo llego al colegio a las 7:00 a.m., juego, como onces y la paso bonito. Tengo muchos amigos, también voy al parque y entro a muchas clases”. En sus palabras se resume, quizá, la esencia más pura de la vida escolar.
Así transcurre un día cualquiera en el Instituto Pedagógico Nacional: intenso, dinámico y lleno de pequeñas historias que se entrelazan. Finalmente, hacia las cinco de la tarde, cuando terminan las actividades extraescolares, las puertas del colegio se cierran. El campus queda en silencio por unas horas, esperando la próxima mañana para volver a llenarse de vida.
Hoy, al celebrar un nuevo cumpleaños del IPN, vale la pena reconocer el esfuerzo colectivo que hace posible cada una de esas jornadas. Un esfuerzo que ha permitido que aquella institución que hace 99 años comenzó con 69 niñas que soñaban con formarse como maestras, se consolide hoy como patrimonio histórico y cultural de la Nación.
A un año de su centenario, el Instituto Pedagógico Nacional sigue siendo un espacio de innovación permanente, donde la reflexión sobre las políticas educativas, alimentada por el saber pedagógico de sus docentes, continúa marcando el rumbo de una comunidad que aprende, crece y se transforma todos los días.